Mercedes hace un poco de pichí en el frasco. Lo pone al lado de su pierna buena. Se agacha un poco más para tirar en la letrina lo que queda. Que no pasa nada le había dicho una vez la comadrona, que no se le va a escapar el niño por más que se agache, que está atado al cordón.


¿Cómo sería el cordón? Mercedes no fue a la escuela para saberlo.
Mete la tira en el frasco, con el cuidado que le dejan las manos tiesas de frío, ásperas de lavar a mano, buenas en darle a la masa del pan, darle, darle y darle para que liude parejo.
En el hospital, una enfermera que le hacía acordar a su mamita le había enseñado que tenía que esperar. Mercedes ve cómo se va tiñendo la tirita y piensa en colores de lana para el próximo hijo suyo. Ojalá que Diosito le mande un machito, ojalá. Eso le daría alegría. Adentro del rancho, Mercedes abre el cajoncito de arriba del mueble, saca la lapicera y la libreta del doctor.
Afuera, con buena luz, mira el cuadradito de la tirita. Mira cuánto de rosita está, más o menos que los del tarrito, y sienta para dibujar una cruz, una cruz acostada, una cruz más chiquita que cuando le dicen que firme.
El contacto de la lapicera en la mano le hace sentir alegría, como si estuviera yendo a una escuela.
Entra. Que no la vaya a ver el hombre que anda sacando las cabras al campo. Pone la lapicera y la libreta en el cajoncito de arriba. Saca un frasquito y una jeringa. Llena hasta donde le dijo la última vez el doctor. Mira que no venga el hombre. Se levanta la ropa y se pellizca para meter la aguja.
Ya no le asusta ni nada. Eso le hace bien al hijo que tiene adentro. Eso es lo que importa. Tiene que cuidar a la criatura. Lo suyo es de riesgo, le había dicho la enfermera, la misma que le hacía acordar a su mamita.

Lavalle

Ya no es lindo caminar hasta el micro. La pierna buena le duele, sobre todo al final, la última parte de arena. Si hubiera tenido la yegua, pero no, no es bueno que las mujeres monten en ese estado.
El micro amarillo. De lejos lo ve venir. Lo feo es después, en la Ciudad, cuando hay tantos y a Mercedes le da julepe que le toque otro chofer malo o sordo, o que ella no escuche si llega o no a la Costa. No quiere que le vuelva a pasar, subirse y que la deje en Lavalle y esperar allá de noche, hasta que venga el otro. Y pagar otra vez. Todo por no ir a la escuela.
Le da alegría ver al doctor. Él revisa la libreta. Le pregunta cómo anda la pierna mala y si ya siente cuando se mueve el bebé. Bebé, dice. Ojalá sea un varoncito. El doctor saca una jeringa como las que ella tiene en el cajoncito del mueble y le muestra hasta dónde de insulina tiene que ponerse antes de acostarse a la noche y cuánto a la mañana, antes de comer nada. Agüita nada más cuando se levanta, eso sí.
El doctor la felicita, dice que es buena paciente y que la espera como siempre, en dos semanas.

Y fue nena no más, una nena hermosa, gordita.

Otra vez el doctor. Estaba más canoso. Mercedes hace mucho que no se ha mirado al espejo. En El Borbollón hay pocos espejos. Dicen que acá me pueden enseñar a leer, dice Mercedes y ríe mientras se soba la pierna mala. No quiere que él pregunte nada ¿Cómo contar de nuevo lo que había pasado con la nena? Quería olvidarse, no hablar más de eso.
El doctor le dice de nuevo que van a sacarle todo. Todo lo de abajo, todo lo de mujer. Mercedes va a quedarse ahí, en el hospital, más tranquila, hasta que le den el alta.
Quiero olvidarse y no puede.
A la hija suya Mercedes también había querido sacarle lo que le metió aquél hombreasquerosomierda.
Pero no, no le salió. Allá adentro, en la piecita del rancho, nadie pudo ayudarla, ni la comadrona, ni la virgencita, no había doctor ni enfermera ni nadie.
Se fue la hija suya. Tres años hacía.

Se murió en la cama suya.
Mercedes quiso morirse ella, pero no. Y todavía le queda un cáncer, un cáncer y diez años de cárcel.

 

Ana Ocáterli

Relato ficcionado basado en el testimonio del doctor Víctor Privitera, médico diabetólogo de Mendoza, a Escritoras de Mendoza por la IVE.

Mercedes es el nombre real de una mujer que vivía en Lavalle, Mendoza, cuyo destino actual desconocemos.

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Un comentario en “La asesina

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