“Julián me había dicho una vez que un relato era una carta que un autor se escribía a sí mismo para contarse cosas que de otro modo no podía averiguar”.

Carlos Ruiz Zafón (La sombra del viento)

 

Soy un perdedor. No es que acostumbre derrochar dinero en el casino, ni que sea malo jugando al truco, ni que me falte talento para seducir a una mujer. Lo que me sucede es que pierdo todo, todo, todo. Muchas veces he tenido la sensación de llevar algo que solo se me desprende. No entiendo cómo algunas personas pueden acumular y guardar. ¿Alguien de aquí conserva su primer teléfono celular? Bueno, te felicito. Yo perdí todos los que he tenido, menos el que llevo, por ahora.

Ayer a la tarde creí haber encontrado la razón de mis pérdidas. Fue en aquella galería comercial, donde entré casi sin pensarlo tal vez para refugiarme del sol.

Allí estaba, mirando vidrieras sin querer, cuando noté que era observado. Qué perseguido ando con la inseguridad. Temo de todas las personas y pienso que si todos hicieran como yo, todos temerían de mí también. Cavilaba en eso mientras ingresaba en la zona oscura y fresca del pasaje.

Sentí un impulso repentino y volví la cabeza pensando en regresar. Al hacerlo el rabillo de mi ojo captó que allí, por donde ingresaba la luz exterior, corría una sombra instantánea, desde una vidriera a la de enfrente. Deseché por un rato la idea de regresar.

Mayor fue el susto cuando mi hombro tocó una mano. Una mano fina, firme, sin rostro, sin brazo, sin pies. Créanme. Esa mano llevó la mía hasta el final de la galería, al tiempo que yo, entregado a una fuerza emergente, perdía el sabor agridulce del miedo. Una llave en otra mano abrió un portal oscuro. Y entré.

Nada, para ser sincero, me llamó la atención de aquel sitio en un primer momento: una pared y varias puertas idénticas. Cuando avancé algunos pasos hacia el centro del pasillo noté que las aberturas continuaban, continuaban y continuaban hasta un punto lejano hacia la izquierda y lo mismo hacia la derecha.

Recordé la mano y la busqué a mi espalda. La había perdido. No había sabido cuidar siquiera la mano que me había abierto el paso.

Olvidé la compañía y me entregué a lo incierto. Me aproximé a la puerta que tenía más cerca. Giré la manija redonda. Hizo clac y abrió.

Aquel escenario ante mis ojos era extraño: un enorme lienzo violeta cubría el piso, que no era recto sino con saltos que simulaban lomadas. Seguía y seguía el violeta, a un lado y al otro. Se fundía el suelo con las paredes, incluso el lugar por donde había entrado ¿Las otras puertas darían a este mismo lugar? Planeé investigarlo luego, pero lo olvidé.

Caminé un poco y tuve deseos de quitarme los zapatos. Cuando lo hice, mis pies se hundieron en la alfombra amiga. Distraído en observar que mis pasos no dejaban huellas en semejante suavidad, tropecé con algo familiar. Sobre una ondulación que daba a la altura de mis rodillas había un garabato blanco sobre una placa gris. Apreté los ojos y tomé el objeto. Sentí que estaba ante un fantasma. Abrí la tapa: era una calculadora científica que en el exterior tenía escrito un mensaje de mi primera novia: TE AMO. Leila.

Recordé que una tarde, cuando iba a tercer año de la secundaria, había llegado a casa sin la bendita calculadora. Consternado por el reto de mis padres había regresado al colegio y le había preguntado, con vergüenza, a todos los celadores. Nadie la había visto. Pero ahora tenía el aparato de nuevo. Lo encendí y funcionaba. Lo acerqué a mi pecho. Leila.

Todavía sentía un nudo bajo la nuez de Adán, cuando distinguí algo que brillaba a pocos metros. Caminé hasta eso, lo tomé. Era el anillo de sello, de mi primera comunión. Un ridículo objeto que me había obsequiado el abuelo cuando yo tenía diez años. Ninguno de mis amigos lucía algo parecido. Me lo había quitado un sábado para jugar al futbol y nunca más lo había visto. A mis padres les había dicho que me lo habían robado para que no me castigaran por otro de tantos descuidos.

Intenté probarme la joya. Entró, ajustadísima, hasta la segunda falange del dedo meñique. Recordé las manos rasposas, artríticas y frías que habían dejado en mí el regalo que pudo haberle costado la jubilación de varios meses.

Aquí y allá, sobre el felpudo ondulante surgieron grupos de enseres variados. Parecía una gran venta de garaje. Fijé mi atención un manojo de veinte o treinta lápices de colores, diferentes en tamaño, textura y grosor. El más largo, uno azul oscuro, tenía raspada una parte de la pintura y allí mi apellido escrito con lapicera. La letra de mi madre.

Miré alrededor y presté atención por primera vez aquella tarde. El corazón me dio un salto. Todos lo que a primera vista parecía desconocido, no lo era.

¿Encontraría allí lo que había perdido en mi vida? Me entusiasmé al imaginarlo. La maquinita eléctrica de afeitar que apenas alcancé a estrenar y extravié en un campamento. Las cartas de María, que siempre sospeché que había robado Sofi, mi hermana. ¿Estarían en el mar violeta aquellas reliquias?

Después de tropezar con una decena de pelotas de fútbol y cinco de tenis, alcé la vista y descubrí la punta de un perchero abarrotado. Había camisetas, camperas finas y gruesas, sacos y sobretodos. Sospeché que había sido dueño de aquellas prendas. Al menos pude reconocer la mayoría.

Me quedé con un chaleco de jean, con el interior forrado en corderito. Mi padre tenía otro igual y a mí me gustaba ponérmelo, me hacía sentir que éramos iguales. Hacía mucho tiempo de aquello. ¿Vivirá todavía mi padre?

Para tomar aliento tuve que sentarme sobre un montón de bufandas. Intenté relajarme y recordar qué hacía yo en aquél lugar. Comencé a sospechar que una mano invisible me había sustraído las pertenencias. Una presencia fugaz que tantas veces me había arrojado al agrio vacío. Pronto, cada vez, el abismo se llenaba con el sabor del acostumbramiento. Me consolaba a mí mismo diciéndome que todo en la vida fluye y que es necesario dejar las manos libres para abrazar lo nuevo. Pero no siempre había funcionado ese razonamiento. No, sobre todo, luego de extraviar lo que mucho tiempo después seguía haciéndome falta.

Y allí estaba todo. Lo confirmé con la pila de cartas de María, mi segunda novia. Kilos de papel, litros de tinta, cinco años de noviazgo que no habían caído rehenes de Sofi. Pude sentir ese enorme abismo de desconfianza que había separado mi vida de la de mi hermana.

Pasé toda la tarde o la noche entera, descubriendo y rememorando mis pedazos de vida olvidados en el mundo. No sé en qué punto comencé a caminar en círculos. Volví a tropezar con las cartas de María y leí todas de un tirón. Lloré, abrazado a un oso de peluche que me parecía familiar.

De tanto dar vueltas sentí aburrimiento y hambre. Desconocía qué hora era. Mi teléfono había quedado sin batería y cada uno de los relojes que había encontrado marcaba un horario diferente. Mi esposa debía estar preocupada. Pensaría que había vuelto a perder las llaves del auto.

Me costó encontrar la pared del principio y en ella la puerta de salida. La atravesé. Llevaba en una mochila el oso de peluche, el anillo de mi abuelo y el chaleco de jean que podrían gustarle a Pablo, mi sobrino y ahijado, de quien me he sentido distante casi toda la vida.

Justo cuando alcancé el pasillo de las infinitas puertas sonó un chasquido metálico. Una llave vibraba en el piso. La alcé y miré alrededor buscando a alguien. A nadie. En el mismo portal de la galería por donde había ingresado, calzó la llave. Mientras avanzaba por el paseo comercial introduje la pieza fría en el bolsillo de mi pantalón.

Lo noté cuando se me enfriaron las medias: había dejado mis zapatos en el mar violeta, pero no sentí ganas de volver.

Salí a la calle cuando el sol aún no despuntaba. Como otra vez había olvidado dónde estaba mi auto, detuve un taxi que me llevó unas cuadras, hasta la casa de mi hermana.

Pablo y mi cuñado dormían. Sofi también, pero tuvo la amabilidad de levantarse. Puso cara de preocupada cuando me vio sin zapatos. No preguntó. Me prestó el teléfono para que llamara a mi esposa y comenzó a preparar un café que sirvió con bizcochos.

Entonces le mostré lo que había descubierto. De no haber sido porque reconoció el oso de peluche apelmazado, no me hubiese creído una palabra. Conversamos sobre nuestro padre, planeamos buscarlo juntos. Recordamos al abuelo, siempre presente. Nos desahogamos. Acortamos distancias. Le dejé el chaleco de jean y también el anillo de sello.

Salí repuesto, apretando el osito. Respiraba el aire manso de la reconciliación. Iba por la esquina cuando, jugando, busqué en mi bolsillo la llave. No estaba. Volví mis pasos para revisar baldosa por baldosa. Toqué el timbre y Sofi me recibió de nuevo. Le pedí registrar en su casa.

Nada. Comencé a sentir un dolor en el pecho al despedir a mi hermana. Metí el osito en la mochila y salí corriendo casi. Casi, porque seguía sin zapatos y porque a esa hora los transeúntes copaban las veredas.

Llegué hasta el paseo comercial y tomé el mismo pasillo que antes, siempre mirando el piso, mientras continuaba registrando uno y otro bolsillo en mi ropa y en la mochila. Aumentaba la desesperanza. Noté que la galería estaba más iluminada que el día anterior.

En el camino tuve que detenerme, me había pinchado el pie con un vidriecito. Lo extraje de la media pegajosa y lo lancé lejos de mí.

Entonces observé el final del paseo comercial. Una enorme abertura reemplazaba el portal de mi mundo perdido. Hasta allí caminé. Era un pórtico que daba a otra calle.

Un lustrabotas, extrañado, me lo confirmó: esa entrada siempre había estado allí, abierta. Sospecho que aquel hombre no dejó de mirarme estas medias inmundas hasta que me perdí en la vereda y di con esta plaza.

Y aquí estoy, perdido una vez más o hecho todo un perdedor. Como ustedes quieran llamarme.

 

Ana Ocáterli

En el mar violeta salió publicado en la Antología del Taller de la Palabra 2016, Tomo II.

 

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Un comentario en “En el mar violeta

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