Eras el caballero
del corcel blanco,
dueño de mitos añejos
y caminos extraños.

Singular era el brillo
que tus ojos tenían,
reflejaban en vilo
la luz de tu espada fría.

Escuchaba a tu boca
contar historias valientes
e hicimos el pacto
de estar juntos siempre.

Tomaste mis manos
de princesa enamorada,
fuimos sólo uno
y con eso me alcanzaba.

Aún hoy conservás
el encanto de años
que marcaron el rumbo
borrando mi llanto.

Brillo propio de tus ojos
que reconozco encantada
con la historia que contaste
sin caballo ni espada.

Hicimos la promesa eterna
de nunca separarnos
después de tantas vidas
que pasamos buscando.

Anabel González Santiago 2003
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